domingo, 23 de agosto de 2020

REVISTA ARISTOS INTERNACIONAL ALICANTE- ESPAÑA PUBLICACIÓN DE ELSA LORENCES DE LLANEZA

 REVISTA ARISTOS INTERNACIONAL
AGOSTO 2020 TEMA "EL TERRORISMO"
PUBLICACIÓN DE ELSA LORENCES DE LLANEZA 



COLABORAN: Leonor Ase de D´Aloisio (Buenos Aires Pergamino Argentina).- Carlos Benitez Villodres (Málaga-España).-Antonio Camacho Gómez (Argentina). -Lidia Dellacasa  de Bosco (Argentina).-Diana Silvia Ismael (Argentina).-José Lissidini Sánchez (Uruguay).-Jorge Bernabé Lobo Aragón (Tucumán-Argentina) .-Elsa Lorences de Llaneza (Argentina) .-Gustavo Páez Escobar (Colombia).-Amanda Patarca (Argentina).-Dorothy Villalobos (New Jersey EUA)

 

COMO VIVÍ UN ATENTADO TERRORISTA EN MI PAÍS
Elsa Lorences de Llaneza
-Argentina-

   Recuerdo muy bien ese día: 18 de Julio de 1994. Me levanté apurada. Tenía que estar en la psicóloga a las diez de la mañana. Estuve a punto de no ir. Era una mañana fría y acobardaba salir y tomar dos colectivos para llegar. A pesar de todo a las 9,45 ya estaba esperando en el consultorio de la licenciada que estaba terminando de atender a otra paciente.

   Me senté en un sillón de pana, muy cómodo por cierto y me puse a ojear una revista cuando de repente un ruido y un temblor en el departamento me alertó de que algo estaba pasando. Asustada miré alrededor del cuarto y vi que los cuadros se habían torcido y las arañas se movían. Un terremoto, pensé aterrada. Mientras la licenciada y su paciente salian del consultorio a los gritos: ¿Qué pasó? ¿Por Dios qué pasó? gritábamos las tres al mismo tiempo creyendo que alguna sabía algo. Al darnos cuenta que las tres estábamos en la más triste ignorancia, nos quedamos mudas, como clavadas al piso.

   Después de unos segundos de incertidumbre vi a la licenciada salir de la salita de espera sin decir una palabra y meterse en su casa. La otra Señora se tiró en un sillón y se puso a llorar. Yo me senté en otro y tomé mi cabeza entre mis manos pensando: ¿Qué habrá sido esto? ¿Dónde estarán mis hijos? ¿Les habrá pasado algo o fue aquí no más ese temblor y esa explosión?  En ese tiempo yo no tenía celular así que estaba sola y lejos de mi casa.

   No sé cuánto  tiempo pasó desde que Gladys se había ido cuando volvió a entrar llorando desconsoladamente: ¡Fue un atentado con una bomba! En la otra cuadra, en la AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina). Dicen por la radio, siguió contando ante nuestras caras de horror, que es un desastre. Hay muchos muertos y heridos. Todavía no se sabe muy bien que sucedió pero váyanse a sus casas porque temen que se vuelva a repetir. Sin pensarlo me fui sin saludar.

   La calle estaba llena de gente que corría y gritaba. Un panorama desolador. Me apoyé en la pared y me puse a llorar. ¿Cómo viajar ahora? Un taxi iba a ser lo más práctico pensé, pero las personas habían invadido las esquinas esperando lo mismo y a esa altura, los taxis ya pasaban llenos. Las líneas de colectivos que pasaban por allí habían cambiado de recorrido. Las sirenas de las ambulancias y de los coches de la policía pasando a toda velocidad, sin respetar los semáforos, hacía difícil cruzar y el ruido insoportable martirizaba los tímpanos, la cabeza y el corazón.

Pensar que allí a unos metros había gente que se estaba muriendo por un mal parido que no debía de tener madre ni sentimientos para hacer lo que hizo pensaba yo y un sentimiento de odio intenso que nunca había sentido me hirió el corazón más que el ruido de las sirenas.

   Traté de tranquilizarme para pensar que podía hacer. Los taxis vacíos eran asaltados por las personas paradas en las esquinas. Empecé a caminar para salir del foco de la catástrofe y ver si en otro lugar había más posibilidades de viajar. Pensé también en tomar cualquier colectivo que me sacara de allí, pero no pasaba ninguna línea. ¡Era tanta mi angustia y mi desolación!

   Soy muy católica y creo muchísimo en los ángeles. Todos los que me conocen lo saben, así que comencé a rezar y a pedir a mi ángel que me iluminara y me diera una solución. Llevaba caminando como zombi aproximadamente una cuadra y media, cuando noté que,  un metro más adelante, paraba un taxi vacío.

   Sin poder creerlo, y lo juro por mis hijos, me tiré literalmente sobre él. Golpee desesperadamente la ventanilla que el taxista llevaba cerrada y cuando la abrió le pregunté llorando: ¿Señor para donde va? ¿Me lleva a mi casa por favor? Suba señora, a donde quiere que la lleve. Me contestó con una tranquilidad que no podía creer. Una vez dentro del coche me puse a llorar nuevamente. Y el señor con toda calma me contó: Me paré a comprar cigarrillos, pero la veo tan alterada que prefiero llevarla a su casa antes de que se descomponga. No sabía cómo agradecerle.  Me imaginé la cara que debía de tener yo para que ese señor, de apariencia muy tranquila, prefiriera llevarme a mi casa antes de comprar sus cigarrillos. Luego en la conversación del viaje,  me dijo que no se había enterado del atentado porque llevaba la radio apagada.

   Cuando recuerdo ese día y los días posteriores a la tragedia me fluye la angustia que pasé en esos momentos y las terribles imágines que nos llegaban por medio de la televisión. La búsqueda incesante de día y de noche tratando de encontrar gente viva entre los escombros, el llanto y la desesperación de los familiares y amigos buscando a sus seres queridos y todavía, a pesar de los años transcurridos, se me caen las lágrimas.

   Algunas fuentes afirman, que fue el mayor atentado terrorista que, hasta hoy, haya ocurrido en Argentina, el cual se llevó a 85 personas y dejó 300 heridos. Un caso que todavía sigue sin resolverse.

   A mí también me quedó una cosa sin resolver: No puedo comprender como ese taxi, que paró vacío a mi lado, pudo pasar sin que nadie lo parara, por esa esquina llena de gente desesperada como yo.

   Cuando recuerdo todo, como ahora, solo puedo agradecer  a mi ángel al que le pedí con tanta desesperación que me sacara de ese lugar y que, gracias a Dios, me escuchó.

 Mil gracias a la Dra. Eunate Goicoetxea, Presidente de la Revista Aristos Internacional por confiar en mí. Bendiciones. Elsa Lorences de Llaneza.

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