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lunes, 7 de enero de 2019

SALUTACIÓN DE NÉSTOR BARBARITO

FINALIZA UN AÑO MAS 
Este año ya está viejo y caduco… cae como una hoja de otoño. Sin embargo, brota un retoño nuevo en el árbol del tiempo y de la vida. Un año nuevo para un tiempo viejo y memorioso. Un año que de nuevo nos hace renovar la esperanza. La esperanza el único don que quedó atrapado en la caja de Pandora, nos mantiene con el ánimo de luchar para lograr las metas que nos planteamos para el año siguiente.
Se va el 2018, ha tenido de todo, en lo personal no ha sido demasiado bueno…pero no voy a quejarme, afortunadamente, aquí estoy en el umbral del 2019 con la esperanza renovada y feliz porque en el árbol de mi vida siguen intactas las hojas de mis familiares y amigos. Y aprovecho para decirte a ti hoja de mi árbol, que te deseo paz, amor, salud, suerte y prosperidad. Hoy y siempre… Simplemente porque cada persona que pasa en nuestra vida es única. Siempre deja un poco de sí y se lleva un poco de nosotros. Habrá los que se llevarán mucho, pero no habrá de los que no nos dejarán nada. Ésta es la mayor responsabilidad de nuestra vida y la prueba evidente de que dos almas no se encuentran por casualidad.
Y es que ni la Navidad, ni los años son iguales para todos. Y como suele ser costumbre, el año nuevo traerá infinidad de cosas buenas, pero también muchas cosas malas. Seguirán dándose accidentes, desahucios, asesinatos, guerras, … Pero sin duda en nuestras manos está el aportar nuestro granito de arena para que cada vez se den menos de estos desgraciados casos.  
 Ojalá cuando amanezca enero nos encuentre felices. Que la meta para el año que viene sea descubrir la grandeza de las cosas pequeñas y lo ínfimo del esplendor, encarnar optimismo, aferrarnos a la dignidad como ley suprema y confiar, sobre todo en nosotros mismos y en Dios 
El paso de un año a otro es más veloz que el abrazo que esta noche nos daremos, con su halo de melancolía y euforia. Cuando el 31 de diciembre muera, alocado y feliz, tendremos la certeza de estar cerrando un ciclo y deseando que el próximo sea mejor. Así se reta al futuro, con la fe de los vencedores, porque un año muere para permitirnos vivir otro.
Eunate Goikoetxea  (Abogada; consagrada pianista y poeta; Vicepresidente Internacional de la Organización Mundial de Trovadores (USA/ESPAÑA); ...
 
 
Un cálido abrazo y ¡feliz año nuevo!
                                                             Luisita y Néstor

Mil gracias Néstor Barbarito Feliz año para tí y toda tu familia. Dios los bendiga Elsa.

viernes, 14 de diciembre de 2018

SALUDO NAVIDEÑO: NÉSTOR BARBARITO




SALUDO NAVIDEÑO
NÉSTOR BARBARITO

Amigos: intentando esbozar un saludo, discurría acerca del modo de expresarles nuestros deseos para ustedes en esta Navidad. Tratando de escoger las palabras con las que lo diría, y recordando aquello de San Ignacio, de “hacerse la composición de lugar”, me pregunté qué desearía para mí en aquel bendito día.

Tratando de representarme la escena, imaginé en mi corazón un gran portal de dos hojas, abierto de par en par. En la escena, apareció enseguida una bellísima muchacha, sin lugar a dudas pronta a dar a luz. Era Ella; la queridísima María. Que iba a ser la Madre de mi Señor. Imposible no estar seguro, ya que aquella imagen era una creación de mi mente —guiada e impulsada por la gracia, lo descarto— y yo la pensaba a Ella, que buscaba un refugio tibio en mi corazón para alumbrar en él a su Niño.

En aquel punto de mi imaginaria escena, creo que el Espíritu Santo sopló con fuerza sobre mí por un instante, y caí en la cuenta de que, en la Navidad, los cristianos con frecuencia nos deseamos mutuamente que brindemos una cálida acogida al Niño Dios en nuestros corazones, pero pocas veces —en verdad creo que muy pocas— pensamos que, para que Él nazca, debe estar Ella. Que Ella es la verdadera “cristófora”: la portadora de Cristo. Que Él llega hasta el pesebre de nuestro corazón dentro de su cálido y virginal vientre, como lo hizo en Belén hace veinte siglos.

Entonces entendí, creo que no sólo intelectualmente sino que aquellas ideas penetraron también en mi corazón, que Navidad no es sólo la fiesta del niño Jesús. También lo es de María. Y así como vamos con un ramo de flores a visitar y felicitar a una hermana o una amiga que acaba de alumbrar; a alegrarnos con ella, y manifestarle tantos buenos deseos para ella y su niño, así, pero con mucha más razón, es preciso tener presente, en primer plano junto al Salvador que nace, a la Madre que nos lo brinda. Y darle gracias con el corazón encendido.

Llegado a este punto, sin que yo me lo propusiera, mi reflexión se tornó en oración, retomé la imagen del corazón con el portal abierto, y le di paso a la Santísima Virgen; le rogué que entrara y perdonara la pobreza del albergue que le ofrecía, le pedí que intercediera ante su divino Esposo, el Espíritu Santo, para que Él lo enriqueciera con su gracia, e hiciera de mi corazón un mullido pesebre colmado de amor hacia el Hijo que nacía y la Madre que me lo brindaba, en el más inefable regalo de Navidad.

Después de un rato de gozar de esta imagen y de los sentimientos que ella había engendrado, le expresé a Dios mi gratitud, y pude al fin escribirles este breve saludo.

Queridos amigos: disponer el corazón para la Navidad, es abrirle de par en par sus puertas a la bendita Virgen Madre, que busca un pesebre para dar a luz a su Hijo. Quiera Dios que encuentre en el vuestro un nido cálido y generoso. El corazón es nuestro, de nosotros depende abrirles de par en par las puertas, y el amor con que los recibamos. Ella lo espera. Él, sin dudas, quiere nacer allí. ¡No los hagamos esperar!
Un abrazo fuerte, y muy, muy feliz Navidad. 

                                                                     Luisita y Néstor

Mil gracias amigos. Igualmente para ustedes. Elsa.

jueves, 19 de julio de 2018

EXTRACTOS DEL LIBRO GAUDETE. ET EXSULTATE NÉSTOR BARBARITO


Algunos extractos del libro del Papa Francisco por Néstor Barbarito. 


Entre muchas ideas valiosas, del documento del Papa Francisco “Alégrense y regocíjense” (Gaudete et exultate), extraigo algunas para compartir con los hermanos de esta página.

Quisiera recordar el llamado a la santidad que el Señor hace a cada uno de nosotros, ese llamado que te dirige también a ti: «Sed santos, porque yo soy santo» (Lv 11,45; cf. 1 P 1,16). El Concilio Vaticano II lo destacó con fuerza: «Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre». “Cada uno por su camino”. Entonces, no se trata de desalentarse cuando uno contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables. Hay testimonios que son útiles para estimularnos y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos, porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros. Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él (cf. 1 Co 12, 7-11), y no que se desgaste intentando imitar algo que no ha sido pensado para él. Todos estamos llamados a ser testigos, pero «existen muchas formas existenciales de testimonio» (von Baltasar, “Teología y santidad”). De hecho, cuando el gran místico san Juan de la Cruz escribía su Cántico Espiritual, prefería evitar reglas fijas para todos y explicaba que sus versos estaban escritos para que cada uno los aproveche «según su modo». Porque la vida divina se comunica «a unos en una manera y a otros en otra». Esto debería entusiasmar y alentar a cada uno para darlo todo, para crecer hacia ese proyecto único e irrepetible que Dios ha querido para él desde toda la eternidad: «Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré» (Jr 1,5).

Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada sólo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales.

Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Ga 5,22-23). Cuando sientas la tentación de enredarte en tu debilidad, levanta los ojos al Crucificado y dile: «Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor». 

A veces la vida presenta desafíos mayores y a través de ellos el Señor nos invita a nuevas conversiones que permiten que su gracia se manifieste mejor en nuestra existencia «para que participemos de su santidad» (Hb 12,10). Otras veces solo se trata de encontrar una forma más perfecta de vivir lo que ya hacemos: «Hay inspiraciones que tienden solamente a una extraordinaria perfección de los ejercicios ordinarios de la vida». Cuando el Cardenal vietnamita Francisco Javier Nguyên van Thuân estaba en la cárcel (13 años, de los cuales, 9 en aislamiento), renunció a desgastarse esperando su liberación. Su opción fue «vivir el momento presente colmándolo de amor»; y el modo como se concretaba esto era: «Aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria» (Cinco panes y dos peces).

Así, bajo el impulso de la gracia divina, con muchos gestos vamos construyendo esa figura de santidad que Dios quería, pero no como seres autosuficientes sino «como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 P 4,10). Pero para tratar de amar como Cristo nos amó, Cristo comparte su propia vida resucitada con nosotros. De esta manera, nuestras vidas demuestran su poder en acción, incluso en medio de la debilidad humana».
Para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad, porque «esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4,3). Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio.

Esa misión tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde Él. En el fondo, la santidad es vivir en unión con Él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con Él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor. La contemplación de estos misterios nos orienta a hacerlos carne en nuestras opciones y actitudes Porque «todo en la vida de Jesús es signo de su misterio», «toda la vida de Cristo es Revelación del Padre», «toda la vida de Cristo es misterio de Redención», «toda la vida de Cristo es misterio de Recapitulación», y «todo lo que Cristo vivió, hace que podamos vivirlo en Él y que Él lo viva en nosotros».

El designio del Padre es Cristo, y nosotros en Él. En último término, es Cristo amando en nosotros, porque «la santidad no es sino la caridad plenamente vivida». Por lo tanto, «la santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya». Así, cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo.

Para reconocer cuál es esa palabra que el Señor quiere decir a través de un santo, no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas. No todo lo que dice el hombre de Dios es plenamente fiel al Evangelio, no todo lo que hace es auténtico o perfecto. Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona.

Esto es un fuerte llamado de atención para todos nosotros. Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu, qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy.

Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu, para que eso sea posible, y así tu preciosa misión no se malogrará. El Señor la cumplirá también en medio de tus errores y malos momentos, con tal de que no abandones el camino del amor y estés siempre abierto a su acción sobrenatural que purifica e ilumina.

Como no puedes entender a Cristo sin el reino que él vino a traer, tu propia misión es inseparable de la construcción de ese reino: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33). Tu identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos. Cristo mismo quiere vivirlo contigo, en todos los esfuerzos o renuncias que implique, y también en las alegrías y en la fecundidad que te ofrezca. Por lo tanto, no te santificarás sin entregarte en cuerpo y alma para dar lo mejor de ti en ese empeño. 

Muchísimas gracias Néstor, pero pido por favor cosas más cortas para la próxima. Dios te bendiga. Elsa.
 

martes, 17 de julio de 2018

REFLEXIÓN: REVELACIÓN (Dios siembra en el bosque) Néstor Barbarito



Elsita: estos días en que recordamos en nuestra comunión epistolar al querido padre Hernán, vo
lvió a mi memoria esto que escribí y leí en el café, en su presencia. Recuerdo que cuando terminé de leerlo, él vino a abrazarme con la afabilidad que lo caracterizaba, y los ojos brillosos por la emoción, y me dijo que le había recordado sus años de residencia en Chile, donde el paisaje es similar al que yo describo allí.
Tengo esa imagen y sus palabras muy presentes, y ellas me animan a desear el reencuentro esperado.

REVELACIÓN

(Dios siembra en el bosque)



         He descubierto, Señor, tu presencia en la montaña. El Espíritu me quiso abrir los ojos, y en el duro rostro de la roca adiviné tu mano y tu cincel.

Entreví tu sombra fugitiva en el claroscuro de los bosques eternos, colosales, y el misterio infinito de tus ojos que aman, en los lagos diáfanos, serenos y profundos.

           Los enormes coihues de brazos extendidos me hicieron presentir tu acogida paternal, y vi el signo de mi porfiada pertenencia a vos en el ciprés que se aferraba tenaz a la piedra, y resistía de pie el embate de los vientos.

         Sentí tu aliento dulce sobre mi rostro en la fresca brisa mañanera; te oí respirar entre las ramas del cobreado arrayán, y escuché tu risa alegre en el canto estridente y burlón del chucao.

         Me invitaste a levantar al cielo la mirada cuando desde lo alto me chistaba la bandurria o me alertaba el tero.

         Yo estaba en el bosque cuando tu brazo, generoso y fuerte, esparció con largueza las semillas desde las copas centenarias. Después las cubriste con un tibio manto: tu mano maternal se abrió despacio, las hojitas cayeron silenciosas, con morosa cadencia, como pálidas mariposas de alas frágiles, y abrigaron la simiente con ternura.

         Al fin tu aliento húmedo las hizo despertar en su mullida cuna. Y vi los verdes renovales: retoños de coihue, de maitén y de radales; de ciprés, de lenga y de pehuén.

            Pinceladas blancas en las cumbres y la nevisca en febrero, supieron recordarme que a veces, en medio del verano se abate el invierno y en plena bonanza estalla la tormenta, como el aguijón de mi carne me recuerda que me modelaste en barro; que toda vida es tuya y ningún don es permanente hasta que lleguemos a nuestro hogar -tu Reino- del cual todas estas maravillas sólo son migajas; apenas un boceto del don definitivo y preciado de la vida en Vos.

La quieta y silente catedral me vio postrado ¡y te alabé, Señor,y te bendije! Te di gracias.               

                                                                             Néstor Barbarito



 Autorizo a Elsa Lorences a publicar este mensaje donde lo crea conveniente. 
Mi querido amigo: Sabes, creo que donde uno encuentra a Dios más fácilmente es en la naturaleza. Con mi esposo lo encontramos muy profundamente en el Chaltén (Santa Cruz) y los dos nos pusimos a llorar. Fue maravilloso y comprendo tu Reflexión y la reacción del Padre Hernán. Mil gracias por compartirlo con nosotros. Dios te bendiga.

domingo, 8 de julio de 2018

REFLEXIÓN: DESNUDO Y DESPOJADO NÉSTOR BARBARITO

DESNUDO Y DESPOJADO

Dice Romano Guardini en su libro El Señor, que «Durante la agonía de Jesús en la Cruz, María está a su lado, destrozado el corazón por el sufrimiento. Está esperando una palabra de su hijo, el cual le dice, mirando a Juan: Mujer, he ahí a tu hijo. Y al discípulo: He ahí a tu madre (jn.19, 26/7). Quedaba expresada en estas palabras la solicitud del hijo agonizante, pero el corazón de María capta, ante todo, otro sentido: […] Él la aleja de sí. Está completamente absorbido por la “hora” que “ha llegado”, grande, terrible, ilimitadamente exigente, que lo presenta ante la justicia divina en completa soledad y cargado con el peso del pecado» (1ª parte, II La Madre).
Este párrafo del admirado teólogo, me dio tema para un momento de oración que derivó en meditación, como es habitual en mí, y  ahora quiero poner  por escrito, que es como puedo esclarecer y fijar mejor las ideas, ya que sin dudas, no habrá de ser esta la última vez que medite u ore sobre estos cimientos.
Había llegado “su hora”. La hora en que se iba a “cumplir todo” lo que Él había venido a realizar en la tierra por voluntad del Padre. Para eso era preciso que Él se quedara absolutamente solo. Los primeros en alejarse ante el peligro, habían sido sus discípulos. Sus amigos más íntimos, los apóstoles, con excepción de Juan habían huido. Sólo quedaban allí, con aquel muchachito, unas  pocas mujeres que acompañaban a la Madre.
Había sido desnudado, humillado, golpeado y lacerado, Y Él se despoja ahora también de Ella, la Madre, que -también en palabras de Guardini- «se lo había dado todo, su corazón, su sangre, toda su capacidad de amar». Para que nada ni nadie pudiera, aunque fuera sólo de un modo espiritual o afectivo, ayudarlo mínimamente a cargar con su tarea, «no quiso ser ni hijo suyo siquiera, y se hizo sustituir por el discípulo». Era su propósito quedarse absolutamente solo. ¡Aquella era SU misión!
Llegado a este punto de la meditación, por esas cosas que suele tener la mente, que en los momentos más serios pueden atravesarla pensamientos tan dispares, recordé aquella expresión del boxeador Oscar “Ringo” Bonavena cuando dijera: “Cuando en el ring suena la campana te quedás solo. Ni el banquito te dejan”. Y en medio de mi grave meditación, sin pretenderlo me floreció una sonrisa en los labios.   
Pero por su Naturaleza divina estaba absoluta e indisolublemente ligado al Padre y al Espíritu Santo. Conformaba con ellos la Trinidad Santa. La Encarnación no lo había separado de ellos, ya que en Él convivían la naturaleza humana, con la divina. Sin embargo, en la Cruz Él iba a vivir la soledad y el desamparo con tal intensidad; sentiría tan en lo hondo de las entrañas el dolor de ser igual al hombre en todo, excepto en el pecado, que hasta iba a  experimentar la desnudez y el abandono en que el propio Padre lo dejaba. Él tenía que beber  hasta las heces el cáliz que le había propuesto la justicia divina.
Ahora sí, “despreciable y desecho de los hombres. (Is. 53, 3 ss), del todo desnudo y despojado al punto de exclamar, según Marcos y también Mateo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc. 15, 34 y Mt 27,46), podía considerar que su tarea estaba realizada. En verdad, esta frase de Jesús, no es otra cosa que el comienzo del Salmo 22, que en todo su sentido es un reconocimiento al poder de Dios y la confianza en su misericordia, pero también son el testimonio del estado de ánimo del Señor en aquellas  circunstancias  

Las últimas palabras que Lucas recuerda en su evangelio, en cambio, son: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» Lc 23,46. Y Juan, de todos ellos presumiblemente el único testigo presencial, cuenta que lo último que exclamó Jesús fue: «Todo se ha cumplido» (Jn. 19,30). (Por supuesto estoy seguro de que las tres expresiones que citan los evangelistas fueron pronunciadas por Jesús, sin dudas en sus últimos momentos, y llevan la garantía del Espíritu Santo, inspirador de todas las Escrituras).                                          
En efecto, todo se había cumplido según los planes de Yahvéh. Nuestros pecados —pasados y futuros—habían sido clavados en la Cruz junto con su Carne, y los asumía la tierra fundidos en su Sangre. 
                                                                                                                  Néstor F. Barbarito                   
             


Elsi: te mando estas lineas. Si querés las podés subir al blog. 
Un abrazo.
Claro que si amigo. Está hermoso. Bendiciones.