miércoles, 4 de junio de 2014

COMPARTIENDO, Aída Martha Castelan, HILVANANDO RECUERDOS.

 
De mi infancia guardo dulces recuerdos.

Vivía en un pueblo del interior del Chaco, mi querido Quitilipi, calles de tierra, verano, viento Norte durante el día que levantaba gran polvareda, no se distinguía a media cuadra y el sol y el polvo pegaban duramente, 42 grados, llegada la tardecita el viento se convertía en una brisa y el camión regador pasaba por las calles, el calor amainaba, entonces podíamos salir a jugar, a visitar a una amiga, a pasear…
En el pueblo todos eran amigos, podíamos estar en la vereda sin que se preocuparan nuestros padres los vecinos nos cuidaban. En las puertas de calle no se usaba la llave ¿quien iba a entrar sin permiso?
Como nosotros no teníamos familiares, yo me apropié de unos tíos. La tía Sofía y su esposo el tío Aniceto, vivían pegados a nuestra casa y no tenían hijos, les encantaba escuchar llamarse tíos, mi hermana, menor que yo, también los adoptó.

Recuerdo los cumpleaños, en el patio, con mesitas bajas y sillitas, tantos amigos para jugar, claro a veces le dábamos dolor de cabeza a nuestros padres, peleábamos porque alguien hizo trampa o por un juguete, pero la pelea era decir:
-tramposo,
- no, yo no hice trampa
. no te quiero más, no me hables

A ninguno se le ocurría pegar o lastimar al otro, solo eran gritos que los mayores buscaban apaciguar y hacernos comprender que no estaba bien pelear.
No había internet, ni celular, ninguna de las tecnologías actuales, que hacen que los chicos estén interesados en eso en vez de jugar con sus amigos a la embopa, la escondida, la casita robada…
No existían establecimientos para estudiar ingles o francés, podíamos jugar libremente. La única obligación a los 6 años era ir a la escuela.
Las niñas jugábamos con la muñeca, a la visita, a tomar el te…y los varones  con un piolín arrastraban una lata y era el camión, el auto o lo que ellos quisieran…
Ahora recuerdo que después de almorzar, como hacía calor Esther, mi amiga y vecina y yo, pedíamos permiso para ir a la heladería y comprar un helado, costaba 5, 10 o 20 centavos, uno de 50 ya era demasiado grande, un día hicimos de las nuestras y bien caro nos costó, estaban los que vendían unas masas o churros, grasientos y nunca nos dejaban comer eso, entonces aprovechando el permiso para el helado nos hicimos de esos, para nosotros tan apetecibles productos, pero…quedamos en el umbral de una puerta comiéndolos, tardábamos mucho y fueron a buscarnos, nunca más un permiso para el helado de siesta.
Luego llego la adolescencia, pero eso ya es para otro capítulo.

                                  Aída Martha Castelan

Gracias por tu recuerdo y tu foto Aída. Por lo que leo en el Chaco o en la Capital nuestra niñez fue mas o menos la misma.

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