lunes, 10 de abril de 2017

HOMENAJE A LUIS LANDRISCINA. Compartió Bosco Ortega

19 DE DICIEMBRE: CUMPLEAÑOS DE LUIGI (LUIS) LANDRSICINA (80)                       
                                      
SEMEJANTE A SU DESTINO

                            “Parecerse a uno mismo hasta el hueso, para parecerse a los demás”.
                                                                                                               Alfredo Zitarrosa                                    

Existen los hombres dotados y los hombres donados, y aquellos que rezuman ambos caracteres en su naturaleza. Luis Landriscina, pertenece a ésta tercera condición.
Un hombre dotado, que logró ser lo que deseó, por causa del mérito perfeccionado de su carisma interior. Arquitecto de su talento y ecónomo de su valor, construyó un lenguaje artístico y administró la renta esencial de un oficio y de un trabajo, que excede las regalías laborales. Landriscina equivale a un profesional en el sentido etimológico del término: profesare, “el que profesa una fe”, que predica lo que cree y honra lo que hace.
Un hombre donado, que logró dar lo que buscó, merced a la gratitud disciplinada de su vocación ulterior. Artesano de su oficio y albacea de su carisma, ofrendó una carrera artística y mensuró el prestigio adquirido por un diálogo sincero y un vínculo genuino
con el público que lo eligió y distinguió, que trasciende la cercanía mediatizada.
Landriscina equidistancia a un artista de linaje popular que durante cuarenta y un años, ofrendó (incluido el costo de su salud) la austeridad del hombre público y la intimidad del padre íntimo. El pueblo, consecuente con sus intérpretes, lo eligió clásico antes de ser historia y en vida, su elegido.
Cuño propio, perfil suyo, viva moneda que no se repetirá. En él y con él se consuma y consume la matríz de un sello inimitable y excepcional.
Su vigencia intacta estriba en el parecido a su tono y en la semejanza a su modo: “El hombre es el estilo”, sentencia Buffón. Destila las influencias, respeta su influjo y admira la sustancia, pero elude la mimética y el estereotipo que terminan devorando en su híbrido apetito a las mejores intenciones y propósitos de artistas y personas.
Con astucia de esgrimista y reflejo de estilista elude los cantos de sirena del mercado mediocre. Su inicio, urgido por un salario escaso y la búsqueda de identidad, está marcado por el rigor de hierro (inusual para un iniciado en el espectáculo) de no repetir los mismos cuentos en el periplo maratónico de los festivales folklóricos veraniegos. Declina el efectismo del chiste vacuo y el cliché del humorista estentóreo, mientras potencia y madura su tendencia intrínseca a valorar el sustrato profundo de la geología del imaginario colectivo y las singularidades sedimentadas del hombre del país interior. 
Su curiosa observación del fenómeno espontáneo y el registro de matíces y flexiones de la diversidad argentina, unidos a una captación de los yacimientos sustantivos del quehacer folklórico, configuran fundamentos específicos, atributos de un legítimo carácter cultural.     
Atahualpa Yupanqui se definía, en orden a su norma, como “un cantor de artes olvidadas”; Luis Landriscina se define, en orden a su credo,  como “un narrador de usos y costumbres”.
Una mirada topográfica al paisaje de su obra revela diversos relieves expresivos en siluetas de relatos y sucesos, crónicas y hábitos, anécdotas y misceláneas, sustentadas en un horizonte de histórica veracidad y auténtica radicalidad. Sitios y fechas, datos y nombres, voces y giros, tonadas y vocablos, refranes y proverbios, citas y voces, climas y prendas, leyendas y mitologías, caballos y monturas, infusiones y brebajes, gestas y rasgos, lugares y enclaves, personas y personajes (en generosa enumeración whitmaniana) aparecen entre centenares de referencias en una sincrética enciclopedia silvestre y en un heterogéneo compendio de orales tradiciones vernáculas, en plena modernidad planetaria. Sus narraciones, escrupulosas y pormenorizadas, asumen las formas sonoras de peculiares aguafuertes y sintetizados minimalismos. Sus actuaciones, ejemplos de concentrada seducción de auditorios, ofrecen audibles experiencias de literatura en oralidad.
Pero su estilo se emblematiza en la maestría de su “manejo” del tiempo escénico, la síncopa del relato, el compás de las palabras y la cima de su arte: la administración del silencio. En el silencio elocuente logra Landriscina la eficacia de un rapsoda en un imperio de satélites.    
Su ingreso a las pantallas en escala del cinematógrafo y la televisión responden al impulso versátil de su autodidacta actoral. Poseedor de una géstica que puede significarse de auténtica, desplegó recursos memorables en algunas composiciones de ocasión: su labor en Don Verídico, con desopilantes y surrealistas guiones de Julio César Castro, puede parangonarse, sin ociosas comparaciones, a la faena de Fernando Ochoa en Don Vildigerno, criaturas singulares y sin parecidos con ninguna otra. Ambos, intuitivos y empíricos, obsesivos y responsables, soberanos de su vergüenza profesional.
Los grandes no dejan lugar: auspician caminos y señalan senderos; nos heredan su estrella con su ejemplo; nos invitan a emular su desafío. Luis Landriscina - Don Luigi - se acoge al reposo del digno. Seguirá viviente en la escena del corazón, donde no habitan despedidas definitivas.         
           
                                                                Bosco Ortega  

Bosco. Mil gracias. Para mí el mejor cómico del país. Te pido disculpa a tí y a los que comparten el blog por la tardanza en subirlo pero, gracias a Dios, tengo tantas que me llegan que no doy a basto. 
Bendiciones amigo. Elsa.     
 

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